¿La base está?
Por Julián Mozo. Periodista del diario Olé desde 1997. Autor de El Señor de los Talentos, libro sobre Manu Ginóbili
Cubrió cuatro finales NBA, dos Mundiales de básquet y un Juego Olímpico.
Viernes 21 de Marzo de 2014
"Si vos no tenés una base sólida, si no te educaron bien o no asimilaste los valores fundamentales de chico, una carrera tan larga y pública te devela, te deja expuesto en algún momento... Y caés, a veces para no volver a levantarte. En su caso eso nunca pasó, ni una vez". Fue la frase de Juan Sebastián Verón que me quedó marcada cuando debatíamos el caso Ginóbili y pensábamos sobre otras estrellas -como él- que había estado expuestas mundialmente a las máximas presiones y responsabilidades. Esa charla, si hacía falta una, me hizo concluir que no es casualidad que Manu, quizá nuestro mejor deportista de la historia en el sentido más amplio de esa palabra, haya salido de esa casa, de esa familia, de ese barrio, de ese club y de esa ciudad. Tal vez si algunas de estas patas hubiese flaqueado esta mesa perfecta se habría desplomado hace rato y no estaríamos hablando de un número 1, de una persona que ha dejado una huella dentro y fuera de la cancha.
En Vergara 14, la famosa dirección de la casa de los Ginóbili, se mamó básquet. Porque el padre era el presidente de Bahiense del Norte y los hermanos mayores jugaron ahí antes de dar el salto a la Liga. Pero también valores. Yuyo, padre pasional pero exigente, y Raquel, un madre protectora pero con límites claros, fueron los líderes en ese seno familiar. Allí se cimentó todo, la famosa base que le permitió a Manu tomar las mejores decisiones y respetar a cada actor, ya sean árbitros, entrenadores, compañeros (del mejor al peor), rivales, directivos, periodistas y espectadores. Nunca fue expulsado. Nunca se peleó con un técnico. Siempre valoró los grandes y pequeños aportes. Siempre respetó los roles, desde un utilero al último jugador. Siempre fue un profesional en la atención a la prensa o a los hinchas. Si promete una nota a tal hora y en tal lugar, ahí estará, segundos antes. Y si asegura que firmará autógrafos por 15 minutos, seguro no será menos que eso. Y todo lo hará con buenas formas. Mucho lo mamó en la casa y el resto lo fue aprendiendo.
Todo eso tiene que ver con su educación. Y con los códigos que aprendió en Bahiense del Norte, institución de barrio ubicada a 100 metros de su casa y adonde llegaba caminando desde los seis años. La cultura de club lo marcó. Alrededor de la cancha de básquet, que hoy lleva su nombre, Manu creció. Y se crió. Rodeado de adultos, jugando y aprendiendo. Allí entendió lo que eran el respeto, la solidaridad, el equipo. Ginóbili puede testificar que las instituciones forman personas. Era una época sin PlayStation, Wii, Twitter, Facebook, celulares y whatsapp. Era llegar del cole, almorzar y, en cada rato libre, ir a Bahiense, a jugar a algo. O a entrenar las jugadas que veía en videos o que les observaban a sus compañeros o a los espejos que tenía. Justamente ese querer ser como Leandro o Sepo, como Montecchia o Jordan, le permitieron crecer con ese fortísimo deseo de emulación.
Y todo eso se dio en Bahía Blanca, la indiscutida Capital del Básquet, donde uno camina por las calles y ve más aros que arcos, más gente picando una pelota que dominando un fulbito. La tradición no se compra. Y en Bahía aquella camada de Cabrera, Fruet y DeLizaso motivó a los Montenegro, Richotti, Espil y Huevo Sánchez y luego a los Sergio Hernández y Alejandro Montecchia. Y así llegó a los Pepe Sánchez y Manu Ginóbili.
Todo esto Manu lo tomó y asimiló como pocos. Esta capacidad de saber absorber y potenciarse es sólo un valor más del Señor de los Talentos que en esta columna vas a ir descubriendo semana a semana.
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En Vergara 14, la famosa dirección de la casa de los Ginóbili, se mamó básquet. Porque el padre era el presidente de Bahiense del Norte y los hermanos mayores jugaron ahí antes de dar el salto a la Liga. Pero también valores. Yuyo, padre pasional pero exigente, y Raquel, un madre protectora pero con límites claros, fueron los líderes en ese seno familiar. Allí se cimentó todo, la famosa base que le permitió a Manu tomar las mejores decisiones y respetar a cada actor, ya sean árbitros, entrenadores, compañeros (del mejor al peor), rivales, directivos, periodistas y espectadores. Nunca fue expulsado. Nunca se peleó con un técnico. Siempre valoró los grandes y pequeños aportes. Siempre respetó los roles, desde un utilero al último jugador. Siempre fue un profesional en la atención a la prensa o a los hinchas. Si promete una nota a tal hora y en tal lugar, ahí estará, segundos antes. Y si asegura que firmará autógrafos por 15 minutos, seguro no será menos que eso. Y todo lo hará con buenas formas. Mucho lo mamó en la casa y el resto lo fue aprendiendo.
Todo eso tiene que ver con su educación. Y con los códigos que aprendió en Bahiense del Norte, institución de barrio ubicada a 100 metros de su casa y adonde llegaba caminando desde los seis años. La cultura de club lo marcó. Alrededor de la cancha de básquet, que hoy lleva su nombre, Manu creció. Y se crió. Rodeado de adultos, jugando y aprendiendo. Allí entendió lo que eran el respeto, la solidaridad, el equipo. Ginóbili puede testificar que las instituciones forman personas. Era una época sin PlayStation, Wii, Twitter, Facebook, celulares y whatsapp. Era llegar del cole, almorzar y, en cada rato libre, ir a Bahiense, a jugar a algo. O a entrenar las jugadas que veía en videos o que les observaban a sus compañeros o a los espejos que tenía. Justamente ese querer ser como Leandro o Sepo, como Montecchia o Jordan, le permitieron crecer con ese fortísimo deseo de emulación.
Y todo eso se dio en Bahía Blanca, la indiscutida Capital del Básquet, donde uno camina por las calles y ve más aros que arcos, más gente picando una pelota que dominando un fulbito. La tradición no se compra. Y en Bahía aquella camada de Cabrera, Fruet y DeLizaso motivó a los Montenegro, Richotti, Espil y Huevo Sánchez y luego a los Sergio Hernández y Alejandro Montecchia. Y así llegó a los Pepe Sánchez y Manu Ginóbili.
Todo esto Manu lo tomó y asimiló como pocos. Esta capacidad de saber absorber y potenciarse es sólo un valor más del Señor de los Talentos que en esta columna vas a ir descubriendo semana a semana.