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​La huella de un líder

Por Julián Mozo. Periodista del diario Olé desde 1997. Autor de El Señor de los Talentos, libro sobre Manu Ginóbili Cubrió cuatro finales NBA, dos Mundiales de básquet y un Juego Olímpico.
Jueves 3 de Abril de 2014
Para ser un número 1, por tanto tiempo, debés tener más que ese talento del que todos hablan. Y Manu, lo ha comprobado, ha reunido todos los posibles para convertirse en el Señor de los Talentos. En columnas anteriores repasamos varios y hoy, en la cuarta y última, nos centraremos en dos que le han permitido dejar un legado en cada lugar que estuvo, desde su club de barrio, hasta la NBA, pasando por la Selección.

Si uno conoce su historia desde chico se da cuenta de que Ginóbili fue profesional antes de ganar un peso. De chico respetaba cada consejo que le daban para fortalecerse, cuidar su cuerpo y mejorar el juego. Desde tomar un batido de proteínas que todos recuerdan como "espantoso" hasta no salir de noche si al otro día tenía que jugar. O copiar jugadas e ir a practicarlas a Bahiense del Norte. Así fue desde chico y luego, de adulto, hizo todos los deberes para ser un consumado profesional. Y no sólo en lo que se refiere a la preservación del físico, que lo hace hasta hoy, cambiando su alimentación para prevenir lesiones y seguir siendo productivo a los 36 años.

Manu es pro en todo, como en la atención a la prensa, los sponsors y los hinchas. Porque respeta el trabajo del resto y valora el tiempo de cada uno. Para ser algo que todos deberían hacer, pero los que conocemos a estrellas, sabemos que no es así... Una anécdota, en el Mundial 2006, lo refleja. Nocioni había fallado hacía segundos el triple del triunfo ante España, en la semi, y los jugadores pasaron por la zona mixta. Los periodistas argentinos se apiadaron y no los pararon, entendiendo la desazón. Entraron todos al vestuario, muy enojados y tristes, y al minuto Manu se paró, se puso la remera y desde la puerta dijo: "Chicos, pónganse la remera y vamos a dar la cara con la prensa. A todos nos gustó estar 20 minutos hablando luego de cada triunfo. Hoy tenemos que hacerlo de nuevo". Detrás de él, salieron todos sus compañeros.

Eso es profesionalismo, pero también es liderazgo, otro de los valores que han llevado a Manu hacia la admiración. En una época con tanta pelea de egos y carteles, como las que pudimos ver en Boca (Palermo-Riquelme) o el tenis (antes Vilas Clerc, hasta hace poco Delpo-Nalbandian). Manu, lejos de querer dividir, siempre buscó unir. Siendo él la estrella principal, nunca tuvo dramas en escuchar que se dijera que Scola, la otra figura, era el mejor de la historia del seleccionado. Es más, le dio un lugar preponderante, dicindo que Luifa era más importante que él para la Selección. Así fue públicamente, como en la intimidad. Ellos compartían habitación y el liderazgo, incluso dejando que otros opinaran y marcaran el camino a su manera. Eso hizo que la química grupal fuera excelente -como la de una banda de amigos-, que todos quisieran jugar siempre y resignar brillo personal en pos del equipo. Nunca un equipo argentino tuvo un grupo humano mejor que la Generación Dorada y eso, obviamente, se tradujo en resultados.

Manu, además, es un líder ubicado. Empezó como uno más y sólo ocupó ese rol cuando su nivel creció en la cancha y el equipo se le "pidió". Nunca antes ni después. Puede liderar con una mirada o apenas con una frase. Porque habla cuando debe o tiene algo para decir. Y si lo hace, es con buenas formas, nunca con palabras fuera de lugar o enojos. El bahiense es líder desde el ejemplo. No pone excusas y antes de pedirle algo a alguien, lo hace él. Mejor de lo que lo pide. Por eso es el que mejor se entrena, el que mejor defiende o el que más se cuida.

Luego, claro, al ser tan serio y absoluto, al resto sólo le queda seguirlo. Y lo impresionante es que, pese a ser exigente y perfeccionista, acepta las limitaciones de los otros y, lejos de amedrentarlos o minimizarlos, los potencia. Por eso los que han compartido con él están asombrados por su compañerismo y esa manera tan difícil de liderar. Hablamos de uno de los talentos más difícil, el que le faltaba para ser un número uno admirado por todos, los que más lo conocen más y los que se dan cuenta con ir a una cancha o prender la tele.
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