Juguete rabioso
Las próximas elecciones en la FIFA desafían el poder de Blatter y exhiben las políticas prebendarias a cambio de votos impuesta por Havelange desde 1974. Por Ezequiel Fernández Moores.
Miércoles 13 de Mayo de 2015
La FIFA es la dueña del juguete acaso más codiciado del planeta. Porque el fútbol, como dicen los alemanes, “es la cosa más importante de las cosas que no son importantes”. Las cosas más importantes, sabemos, suelen estar lejos de nuestro alcance. Las leemos en los diarios. Pero los diarios nos cuentan apenas una partecita. Son juegos del poder que nos afectan, claro, pero, en cierto modo, nos son ajenos. Las otras cosas más importantes son privadas. Padres, hijos, parejas, amigos. Son cosas que sí suelen cambiar nuestras vidas, pero no el destino del mundo.
El fútbol tampoco cambia el destino del mundo. Su importancia está sobredimensionada. La pelota produce sobredosis de información. Y termina deformada. Hace tanto ruido que no deja escuchar. Pero el fútbol, es cierto, ejerce un enorme poder simbólico. Ahí está, sino, la historia de las Copas Mundiales: la Italia de Mussolini bicampeona en 1934 y 1938, el Maracanazo de 1950, el Milagro Alemán en Suiza 1954, el Brasil negro y tricampeón en 1958, 1962 y 1970, la Argentina de 1978 y, ya mucho más reciente, las dos últimas Copas de Sudáfrica 2010 y Brasil 2014. Todos los Mundiales son mucho más que fútbol. Y la FIFA, aún cuando se multiplican las denuncias de corrupción en su contra, tiene igualmente a todos a sus pies. Porque es la dueña de ese juguete.
Joseph Blatter, siguiendo la línea iniciada en 1974 por João Havelange, supo repartir ese juguete por todo el mundo. Por eso, y pese a las denuncias, está firme como presidente de la FIFA desde 1998. Igual que lo estuvo su vice Julio Grondona durante 35 años en la AFA. Blatter (Grondona también) prestó y democratizó el juguete a cambio de votos y negocios. Con una política prebendaria, a veces extorsiva, inmune a cualquier crítica y de poca trasparencia. Hubo juguete para todos. Para el Primer Mundo, para el Segundo y para el Tercero. Y, si apareciera un Cuarto Mundo, estemos seguros, allí estaría también la FIFA de Blatter con sus Mundiales.
Tercer Mundo
Blatter, que venía de ser reelegido sin oposición, ahora al menos tendrá que competir contra otros tres candidatos para las nuevas elecciones del 29 de mayo próximo en la FIFA. Allí están primero el ex crack portugués de Real Madrid y Barcelona Luis Figo, impulsado a los 42 años por una casa de apuestas asiática y por el súper agente de jugadores Jorge Mendes. Y luego, el presidente de la Federación Holandesa, Michael van Praag, y el vicepresidente de la Confederación Asiática (AFC), el príncipe jordano Alí bin al-Hussein. La votación, me dicen las fuentes, sólo podría complicársele a Blatter si el suizo no obtiene en primera ronda el 66% de los 209 votos. Sin candidato único, y con muchos dirigentes pro-Blatter dentro de sus propias filas, el Primer Mundo europeo redobla ahora la línea del “populismo”. Figo, más Blatter entonces que el propio Blatter, propone ampliar a 48 las plazas para los Mundiales, sin que esas nuevas plazas puedan ser para selecciones europeas. Y ofrece además u$s2 millones anuales para cada Federación. Es nada para Inglaterra, pero una fortuna para Laos, Guam, Burundi y Tuvalu, por citar sólo a algunas. Está claro: Figo busca votos en el Tercer Mundo, el fortín de Blatter.
Pero nadie sabe mejor que el presidente de la FIFA el poder que tiene el juguete de las Copas Mundiales. Blatter tiene 79 años. Está desde hace cuatro décadas en la FIFA. Quiere seguir hasta los 83. Abrazarse acaso con Vladimir Putin en el Mundial de Rusia 2018. Y, si sigue vivo y deja la presidencia, Blatter quiere llegar como invitado de honor al Mundial 2022, con 87 años y algún médico cerca, porque Qatar, su sede más polémica, promete calor, aunque la Copa se haya pasado para diciembre. Blatter, en realidad, quiere ser eterno. Y amenaza con serlo. Hasta que alguien, como sucede con todos los ciclos, sepa avisarle que tantos años terminan convirtiéndose en un abuso.
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El fútbol tampoco cambia el destino del mundo. Su importancia está sobredimensionada. La pelota produce sobredosis de información. Y termina deformada. Hace tanto ruido que no deja escuchar. Pero el fútbol, es cierto, ejerce un enorme poder simbólico. Ahí está, sino, la historia de las Copas Mundiales: la Italia de Mussolini bicampeona en 1934 y 1938, el Maracanazo de 1950, el Milagro Alemán en Suiza 1954, el Brasil negro y tricampeón en 1958, 1962 y 1970, la Argentina de 1978 y, ya mucho más reciente, las dos últimas Copas de Sudáfrica 2010 y Brasil 2014. Todos los Mundiales son mucho más que fútbol. Y la FIFA, aún cuando se multiplican las denuncias de corrupción en su contra, tiene igualmente a todos a sus pies. Porque es la dueña de ese juguete.
Joseph Blatter, siguiendo la línea iniciada en 1974 por João Havelange, supo repartir ese juguete por todo el mundo. Por eso, y pese a las denuncias, está firme como presidente de la FIFA desde 1998. Igual que lo estuvo su vice Julio Grondona durante 35 años en la AFA. Blatter (Grondona también) prestó y democratizó el juguete a cambio de votos y negocios. Con una política prebendaria, a veces extorsiva, inmune a cualquier crítica y de poca trasparencia. Hubo juguete para todos. Para el Primer Mundo, para el Segundo y para el Tercero. Y, si apareciera un Cuarto Mundo, estemos seguros, allí estaría también la FIFA de Blatter con sus Mundiales.
Tercer Mundo
Blatter, que venía de ser reelegido sin oposición, ahora al menos tendrá que competir contra otros tres candidatos para las nuevas elecciones del 29 de mayo próximo en la FIFA. Allí están primero el ex crack portugués de Real Madrid y Barcelona Luis Figo, impulsado a los 42 años por una casa de apuestas asiática y por el súper agente de jugadores Jorge Mendes. Y luego, el presidente de la Federación Holandesa, Michael van Praag, y el vicepresidente de la Confederación Asiática (AFC), el príncipe jordano Alí bin al-Hussein. La votación, me dicen las fuentes, sólo podría complicársele a Blatter si el suizo no obtiene en primera ronda el 66% de los 209 votos. Sin candidato único, y con muchos dirigentes pro-Blatter dentro de sus propias filas, el Primer Mundo europeo redobla ahora la línea del “populismo”. Figo, más Blatter entonces que el propio Blatter, propone ampliar a 48 las plazas para los Mundiales, sin que esas nuevas plazas puedan ser para selecciones europeas. Y ofrece además u$s2 millones anuales para cada Federación. Es nada para Inglaterra, pero una fortuna para Laos, Guam, Burundi y Tuvalu, por citar sólo a algunas. Está claro: Figo busca votos en el Tercer Mundo, el fortín de Blatter.
Pero nadie sabe mejor que el presidente de la FIFA el poder que tiene el juguete de las Copas Mundiales. Blatter tiene 79 años. Está desde hace cuatro décadas en la FIFA. Quiere seguir hasta los 83. Abrazarse acaso con Vladimir Putin en el Mundial de Rusia 2018. Y, si sigue vivo y deja la presidencia, Blatter quiere llegar como invitado de honor al Mundial 2022, con 87 años y algún médico cerca, porque Qatar, su sede más polémica, promete calor, aunque la Copa se haya pasado para diciembre. Blatter, en realidad, quiere ser eterno. Y amenaza con serlo. Hasta que alguien, como sucede con todos los ciclos, sepa avisarle que tantos años terminan convirtiéndose en un abuso.