Primero hay que saber sufrir…
Las respuestas de los futbolistas y del resto de los atletas ante la adversidad deportiva, tienen un valor emocional determinante. Síntomas y signos de una instancia que juega y decide resultados y competencias. Por Marcelo Roffé.
Martes 18 de Agosto de 2015
He vivido la experiencia de escribir junto a Claudia Alicia Rivas, la primera psicóloga incorporada a un Cuerpo Técnico de un equipo de fútbol profesional (Irapuato, México, 1985), un libro denominado “El partido mental”, el cual constituye una obra referencial para valorar el núcleo y el entorno del juego competitivo. Desde tantos aspectos que abarca la obra, cualquier dato sobre las respuestas de los atletas ante la adversidad conduce a reconocer otros aspectos elementales de un deporte que no se ve, al que se le quita trascendencia y hoy guarda una importancia vital.
La vida es una constante lucha contra la adversidad, contra situaciones absurdas, injustas, dolorosas, en la cual la persona que es capaz de tener una recuperación emocional es aquella que más posibilidades tiene de alcanzar el éxito. El fútbol, como se ha mencionado con anterioridad, es un laboratorio que nos enseña a vivir la vida. El fútbol bien dirigido y enseñado, incrementa la capacidad de resiliencia. En la corriente de psicología positiva, este término significa la capacidad que posee una persona o un grupo de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando el futuro de manera positiva. Se considera que las circunstancias difíciles o los traumas permiten desarrollar recursos que se encontraban latentes y que el individuo desconocía hasta el momento. La resiliencia aparece vinculada a la autoestima, al replanteamiento de objetivos, a la autoconfianza, a la fe en uno mismo y sus capacidades, con un toque de entereza. Esta capacidad la observamos cuando un equipo es capaz de remontar un marcador adverso, de ganar con diez hombres, de soportar insultos, gritos y hasta a la propia afición silbando en su contra. O cuando un jugador toma las riendas en un partido desfavorable y consigue desequilibrar, ya sea marcando un gol o, simplemente, demostrando en el juego que el conjunto es capaz de levantarse y dar vuelta la situación (o si es un arquero, salvando pelotas clave y dándole otra vida y un empuje anímico al resto). Se aprende, se desarrolla y en gran medida depende del líder, el DT, a través de sus mensajes, sus estrategias y su confianza en el colectivo, en el equipo.
Un claro ejemplo de resiliencia en el deporte es la experiencia de Carlos Tevez. El sí tuvo la capacidad de aprovechar las situaciones vividas en el fútbol y, en especial, las previas a su inserción en ese mundo. Según sus palabras, le ha tocado criarse en Fuerte Apache, barrio de condiciones muy precarias, en donde se jugaba ya no por dinero, sino por la vida. Superar estas adversidades tiende a generar un callo, una coraza que lo hace indestructible. Eso es algo que se ve dentro y fuera de la cancha, y hace que no se caiga cuando comete un error ni cuando las cosas no le salen como él quiere. Nunca baja los brazos, insiste, lucha, persevera y triunfa. Juega con la ventaja que le brinda su fortaleza mental.
Igualmente, vale aclarar que no siempre el que sufrió experiencias duras y las sobrepasó luego, podrá hacer lo mismo en el alto rendimiento ni que nunca podrá remontar una situación en contra en la cancha quien haya tenido la fortuna de no sufrir traumas significativos a modo personal. Cada individuo tiene su propia capacidad para procesar experiencias vividas y aplicar dicho aprendizaje en situaciones similares en el fondo, pero totalmente distintas en la práctica. Mucho tendrá que ver si en algún momento, aunque sea posterior a episodios más complejos, contó con gente al lado (puede ser hasta un entrenador de Inferiores) que lo haya contenido y le haya enseñado a capitalizar esas vivencias y esos recuerdos.
Motivar
Pocos conceptos psicológicos han sido tan manoseados, mal entendidos y devaluados como el de motivación. Muchos hablan de ella sin entenderla, la buscan como novia esquiva y la invocan como generadora de una magia que controla el rendimiento. Según algunos autores como Dalla Volta*, la motivación tiene como fin activar y dirigir a un organismo hacia una meta. Por lo tanto, el jugador necesita encontrar qué es lo que lo activa y lo dirige hacia su meta. El jugador es eso, el que juega, el que tiene placer por una actividad lúdica. “Al fin y al cabo no es más que un juego”, dijo Nacho Palou, ex arquero del Cruz Azul mexicano. “Es un juego que mueve millones”, concluyó sombríamente.
El juego es el proceso natural de aprendizaje de todos los mamíferos (y el ser humano no es la excepción). Es parte fundamental y común de todos los seres humanos e involucra placer, aprendizaje. Por otra parte, en las motivaciones primarias de los jugadores (de acuerdo a Antonelli y Salvini, 1978**) se encuentra también el agonismo (del griego Agón: lucha contra el destino que responde a la exigencia de medirse con la naturaleza, consigo mismo y con los demás. La capacidad de reto interno, de medir fuerzas). A pesar de las grandes cantidades de dinero que se mueven en el deporte (motivación extrínseca), las portadas de los diarios o la cámara de los grandes canales televisivos, las mujeres famosas y bellas, el jugador de fútbol sigue siendo un niño crecido, que se entusiasma en un fútbol-tenis por el puro placer de competir, de ganar. Fuera de los reflectores juguetea, se reta con sus compañeros y asume que nada es más placentero que ganarle al jefe, al DT. A la hora del partido, más allá de los tres puntos, de los premios, está ese placer de jugar, competir y ganar. Cuando un jugador pierde estos aspectos, entonces es cuando el juego se convierte en trabajo, la motivación se transforma en presión y una gran vulnerabilidad a lesionarse comienza a rondar por la cancha, sin obviar el detalle prioritario de que, indefectiblemente, sufrirá una merma en su rendimiento.
Es por eso que a todo lo anterior se lo relaciona con la motivación intrínseca, esa que surge de sus expectativas propias, alejadas de aquellos “premios” adosados en forma de ceros a un contrato millonario o a todo lo que viene detrás y sí relacionada al afán interno de progresar, de auto realizarse, de subir la vara o, por qué no, de saciar el hambre de gloria. En definitiva, la motivación intrínseca será la que perdure más en el tiempo.
Sea cual fuere el tipo de motivación que nos empuje, siempre será importante que los objetivos que se planteen (propios o introducidos en nuestra escala de expectativas), tengan un equilibrio entre lo alcanzable (que no resulte imposible de manera que termine frustrando al jugador) y lo dificultoso (que no parezca lo suficientemente fácil como para bajar el nivel de compromiso).
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La vida es una constante lucha contra la adversidad, contra situaciones absurdas, injustas, dolorosas, en la cual la persona que es capaz de tener una recuperación emocional es aquella que más posibilidades tiene de alcanzar el éxito. El fútbol, como se ha mencionado con anterioridad, es un laboratorio que nos enseña a vivir la vida. El fútbol bien dirigido y enseñado, incrementa la capacidad de resiliencia. En la corriente de psicología positiva, este término significa la capacidad que posee una persona o un grupo de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando el futuro de manera positiva. Se considera que las circunstancias difíciles o los traumas permiten desarrollar recursos que se encontraban latentes y que el individuo desconocía hasta el momento. La resiliencia aparece vinculada a la autoestima, al replanteamiento de objetivos, a la autoconfianza, a la fe en uno mismo y sus capacidades, con un toque de entereza. Esta capacidad la observamos cuando un equipo es capaz de remontar un marcador adverso, de ganar con diez hombres, de soportar insultos, gritos y hasta a la propia afición silbando en su contra. O cuando un jugador toma las riendas en un partido desfavorable y consigue desequilibrar, ya sea marcando un gol o, simplemente, demostrando en el juego que el conjunto es capaz de levantarse y dar vuelta la situación (o si es un arquero, salvando pelotas clave y dándole otra vida y un empuje anímico al resto). Se aprende, se desarrolla y en gran medida depende del líder, el DT, a través de sus mensajes, sus estrategias y su confianza en el colectivo, en el equipo.
Un claro ejemplo de resiliencia en el deporte es la experiencia de Carlos Tevez. El sí tuvo la capacidad de aprovechar las situaciones vividas en el fútbol y, en especial, las previas a su inserción en ese mundo. Según sus palabras, le ha tocado criarse en Fuerte Apache, barrio de condiciones muy precarias, en donde se jugaba ya no por dinero, sino por la vida. Superar estas adversidades tiende a generar un callo, una coraza que lo hace indestructible. Eso es algo que se ve dentro y fuera de la cancha, y hace que no se caiga cuando comete un error ni cuando las cosas no le salen como él quiere. Nunca baja los brazos, insiste, lucha, persevera y triunfa. Juega con la ventaja que le brinda su fortaleza mental.
Igualmente, vale aclarar que no siempre el que sufrió experiencias duras y las sobrepasó luego, podrá hacer lo mismo en el alto rendimiento ni que nunca podrá remontar una situación en contra en la cancha quien haya tenido la fortuna de no sufrir traumas significativos a modo personal. Cada individuo tiene su propia capacidad para procesar experiencias vividas y aplicar dicho aprendizaje en situaciones similares en el fondo, pero totalmente distintas en la práctica. Mucho tendrá que ver si en algún momento, aunque sea posterior a episodios más complejos, contó con gente al lado (puede ser hasta un entrenador de Inferiores) que lo haya contenido y le haya enseñado a capitalizar esas vivencias y esos recuerdos.
Motivar
Pocos conceptos psicológicos han sido tan manoseados, mal entendidos y devaluados como el de motivación. Muchos hablan de ella sin entenderla, la buscan como novia esquiva y la invocan como generadora de una magia que controla el rendimiento. Según algunos autores como Dalla Volta*, la motivación tiene como fin activar y dirigir a un organismo hacia una meta. Por lo tanto, el jugador necesita encontrar qué es lo que lo activa y lo dirige hacia su meta. El jugador es eso, el que juega, el que tiene placer por una actividad lúdica. “Al fin y al cabo no es más que un juego”, dijo Nacho Palou, ex arquero del Cruz Azul mexicano. “Es un juego que mueve millones”, concluyó sombríamente.
El juego es el proceso natural de aprendizaje de todos los mamíferos (y el ser humano no es la excepción). Es parte fundamental y común de todos los seres humanos e involucra placer, aprendizaje. Por otra parte, en las motivaciones primarias de los jugadores (de acuerdo a Antonelli y Salvini, 1978**) se encuentra también el agonismo (del griego Agón: lucha contra el destino que responde a la exigencia de medirse con la naturaleza, consigo mismo y con los demás. La capacidad de reto interno, de medir fuerzas). A pesar de las grandes cantidades de dinero que se mueven en el deporte (motivación extrínseca), las portadas de los diarios o la cámara de los grandes canales televisivos, las mujeres famosas y bellas, el jugador de fútbol sigue siendo un niño crecido, que se entusiasma en un fútbol-tenis por el puro placer de competir, de ganar. Fuera de los reflectores juguetea, se reta con sus compañeros y asume que nada es más placentero que ganarle al jefe, al DT. A la hora del partido, más allá de los tres puntos, de los premios, está ese placer de jugar, competir y ganar. Cuando un jugador pierde estos aspectos, entonces es cuando el juego se convierte en trabajo, la motivación se transforma en presión y una gran vulnerabilidad a lesionarse comienza a rondar por la cancha, sin obviar el detalle prioritario de que, indefectiblemente, sufrirá una merma en su rendimiento.
Es por eso que a todo lo anterior se lo relaciona con la motivación intrínseca, esa que surge de sus expectativas propias, alejadas de aquellos “premios” adosados en forma de ceros a un contrato millonario o a todo lo que viene detrás y sí relacionada al afán interno de progresar, de auto realizarse, de subir la vara o, por qué no, de saciar el hambre de gloria. En definitiva, la motivación intrínseca será la que perdure más en el tiempo.
Sea cual fuere el tipo de motivación que nos empuje, siempre será importante que los objetivos que se planteen (propios o introducidos en nuestra escala de expectativas), tengan un equilibrio entre lo alcanzable (que no resulte imposible de manera que termine frustrando al jugador) y lo dificultoso (que no parezca lo suficientemente fácil como para bajar el nivel de compromiso).