Martes 2 de Diciembre de 2014
Tres episodios son auxilios para comprender la génesis de una desgracia. El primero de ellos es singular. Tras seis días del triunfo argentino sobre Brasil en el campeonato Sudamericano de 1920 que se jugó en Viña del Mar, Chile, y fue ganado por Uruguay, el objetivo para que las dos selecciones vuelvan a enfrentarse, ahora en Buenos Aires, fue la realización de un juego a beneficio de un grupo de niños huérfanos. Previo al encuentro, el dibujante del diario Crítica, Antonio Palacio Zinno, compuso una imagen con cuatro chimpancés vistiendo la camiseta brasilera y usó el apelativo “macacos” como epígrafe para ilustrar una nota sobre el partido, en alusión a los cuatro jugadores negros que tenía esa selección.
La delegación reaccionó, fue al diario a confrontar con Palacio Zinno y sólo ocho futbolistas de Brasil aceptaron participar del evento. Lo siguiente consistió en un despropósito menor: los organizadores decidieron que jugadores de la Argentina integren el elenco visitante junto al presidente de la delegación, lo que derivó en una protesta contundente del público, obligando a que, finalmente, jueguen siete futbolistas por equipo.
La segunda advertencia pertenece a Eduardo Galeano, quien en el libro “El fútbol a sol y a sombra” recuerda que Uruguay, su selección, fue pionera en incluir jugadores negros. Sucedió en el primer campeonato Sudamericano (1916, jugado en Buenos Aires), donde Chile pidió la anulación del encuentro perdido frente a los orientales (4 a 0), pues dos futbolistas eran “africanos”, según la protesta oficial, refiriendo a Isabelino Gradín y Juan Delgado, ambos bisnietos de esclavos. El triángulo cierra con una sentencia: a 94 años de 1920, River le deberá abonar u$s30 mil a la CONMEBOL por cantos racistas de su público, ocurridos en Mendoza durante un partido ante Godoy Cruz por Copa Sudamericana.
Los tres hechos coinciden en algo que ruboriza: el fútbol es uno de los espejos más genuinos de la sociedad y, en relación al racismo, esa misma sociedad no ha modificado su intolerancia. Sí hay un giro conceptual, un pronunciamiento a favor de respetar los derechos de las minorías étnicas que, en la superficie, ocurre brevemente. Lo resumió antes de su fallecimiento, el periodista y ensayista español Eduardo Haro Tecglen, en una columna del diario El País, de Madrid: “Hace poco se juraba que la raza blanca era superior a las demás: casi nadie ha cambiado de opinión, pero sí de lenguaje”.
Retroceso
En el Renacimiento, los europeos incentivaron el contacto con pueblos de América, Asia y África por el interés que les generaba la trata de esclavos, luego de que la Biblia, la ciencia y la economía cimentaran la jerarquía de la raza. Es una pequeña reflexión acerca de la historia del racismo, que en el siglo XIX sumó su costado ideológico con el imperialismo y el nacionalismo (en formato de patriotismo étnico), los que se incrustaron en la sociedad por sobre la emancipación de los negros y el nuevo status quo de los judíos.
En tanto, produce cierto resquemor el tratamiento que la educación enciclopedista le otorga a la discriminación racial. Los términos “esclavitud”, “colonialismo” y la frase “limpieza étnica” son asociados a la civilización, creándole un marco institucional a las conductas de hombres blancos que cometieron crímenes históricos. Todo lo que no sea civilización supone ilegalidad, anormalidad, desorden. En definitiva, es este un método eficaz para educar en la subjetividad.
Sociedad
No es el deporte un ámbito de sospechas para la generación del racismo. Apenas es un formidable motor de propulsión para transmitir lo que ocurre. Lo singular es pensar que el deporte debe tomar las medidas que le corresponden a la sociedad para terminar con el racismo cultural. En sentido inverso al fenómeno de la violencia, cualquier disciplina hereda de un ámbito social cruento, una patología como la discriminación.
Los ejemplos son infinitos, pero uno de ellos es también didáctico: en el US Open de 2001, James Blake enfrentó al australiano Lleyton Hewitt, quien se quejó de un juez de línea, negro como Blake, al entender que lo estaba perjudicando mediante una serie de fallos. Increpó al juez de silla y le preguntó indignado, “Mire a uno y otro (línea y jugador), ¿ve algún parecido?”. Hewitt pertenece a un país que desarrolló dos siglos de crueldad contra indígenas, separando a 100 mil niños de sus familias para asimilarlos a la cultura blanca y diezmando a la población original, que sólo alcanza alrededor de 300 mil aborígenes, menos del 2% de la población de Australia. A esos chicos se los conoce como la generación perdida.
Macacos
El racismo que invade los estadios europeos se comporta como una historia circular. Lo demuestra lo sucedido con Dani Alves y el público del Villarreal, el cual le arrojó bananas al lateral para identificarlo como “macaco”. El brasilero reaccionó comiendo una de ellas y generó una repercusión global inusitada pues deportistas, artistas, políticos y gobernantes comunicaron su repudio al racismo asumiendo que “todos somos macacos”, mientras se los observaba ingiriendo una banana.
¿Ha sido esta una campaña eficaz contra la intolerancia? Hay que observar que fue Neymar quien se adelantó en el respaldo a su compañero del Barcelona, al comer una banana junto a su hijo en la imagen precursora del rechazo a lo sucedido. Pues bien, lo que se maquilló como un hecho genuino, fue un plan diseñado por Loducca, la agencia de publicidad que trabaja con la imagen del delantero de Brasil. Entonces, la respuesta se transforma en una referencia anecdótica: la falta de espontaneidad para condenar la agresión debilita la legitimidad y la pertinencia del mensaje.
Eugenia
Por otro lado, ¿es prudente la identificación colectiva mediante el término “macaco” para confrontar conductas racistas? Douglas Belchior, un activista del Movimiento Negro de Brasil, sostiene que “Macaco es la expresión de la exclusión, del insulto y la violencia. Volvernos todos, por fuerza de nuestra bien intencionada reacción al racismo, sujetos de la discriminación es una artificial impostura. Se trata de afirmar que nadie es un mono, que despreciamos el uso de la palabra “macaco” para referirnos a cualquier ser humano. Se trata de afirmar que las bananas se comen y que tirárselas a cualquier persona constituye un insulto que la ley debe castigar con el rigor que la defensa de la dignidad impone”.
El profesor australiano James Bradley escribió en su ensayo “El insulto de mono: pequeña historia de una idea racista”, que “invocar la imagen de un mono es utilizar el poder que llevó a la desapropiación indígena y a otros legados del colonialismo”. “Los plátanos no son armas y tampoco sirven como símbolo de la lucha contra el racismo. Al contrario, lo reafirman”, concluye Melchior.
Brasil tiene una historia relacionada con la discriminación que es sorprendente. Sus gobiernos, luego de la abolición de la esclavitud en las primeras décadas del siglo anterior, carecieron de una política hacia los negros liberados, lo que terminó vertebrando las favelas actuales. En 1862, el diputado Aureliano Tavares Bustos, quien posee una calle que lo recuerda en el corazón de San Pablo, dijo que, “el inmigrante europeo debería ser blanco de nuestras ambiciones, así como el africano el objeto de nuestras antipatías”. Eran los comienzos de la era Eugenia, la cual modeló el intento absurdo de blanquear a Brasil, facilitando la llegada de inmigrantes europeos y devolviendo a los negros a sus países de origen.
De aquí, surge una evocación de apariencia simpática. Al comenzar el fútbol profesional, los blancos componían la mayoría de los planteles brasileros, ante la persecución y el sectarismo que sufrían los negros. Carlos Alberto, el primer mulato que jugó en el Fluminense, para ser aceptado en la sociedad, solía empolvarse la cara con la resina del arroz molido y así camuflar su piel oscura.
Norte
La realidad en los Estados Unidos marca que los negros están representados en el fútbol americano, el béisbol y el básquet. Pero el racismo tiene allí una expresión sofisticada y tácita. El investigador norteamericano Eric Gumby Anderson realizó un trabajo sobre el racismo que está basado en los comienzos del siglo XXI, concluyendo que la discriminación racial debe ser analizada desde las posiciones que ocupan en el campo los negros que juegan en las disciplinas de mayor consumo popular.
El detalle es que tienen un porcentaje ínfimo de los puestos estratégicos en los diferentes juegos. Por ejemplo, se estima que sobre fines de la década pasada, el 9% de los zagueros de la NFL eran negros (el 68% de los jugadores de la liga lo son) y sólo el 1% de los cátchers de la MLB también eran hombres de color.
Asimismo, los negros están ausentes de las funciones directivas del deporte estadounidense. De hecho, todas las minorías promedian el 5% del total de los ejecutivos de la NFL. Hasta 2000, no había negros dueños de los equipos participantes de la competencia y tampoco los hubo en el pasado.
Los jugadores de color pioneros de la NBA, Nat Clifton (primer negro en firmar un contrato), Chuck Cooper (primer drafeado) y Earl Lloyd (primer jugador de color en disputar un partido en la NBA), dieron paso a grandes estrellas (Russell, Baylor, Robertson, Chamberlain, Erving, Drexler, Magic Johnson, Jordan, entre tantos), hasta conformar la actualidad, donde hay minoría blanca en la liga. Aunque esto desprende que el número y la situación de los jugadores negros ha mejorado, el detalle a interpretar es que la gran mayoría los cargos de poder en la NBA (propietarios de franquicias, entrenadores y ayudantes, preparadores físicos y managers) siguen estando en manos de blancos.
En 2007, The New York Times publicó un informe que demostraba cómo los árbitros de la NBA se guiaban por su condición racial a la hora de señalar las faltas. En concreto, los blancos sancionaban más a los jugadores negros y los árbitros de color hacían lo mismo con los basquetbolistas blancos.
Descendiendo en el tiempo, asoma el recuerdo de las persecuciones raciales indiscriminadas y las presiones del Ku Klux Klan a boxeadores negros como Joe Louis o Ray Sugar Robinson, un mediano incomparable que se sentía tratado como un blanco por su capacidad para generar negocios y dinero. “Yo soy un negro al que muchos miran como un blanco porque cobro bolsas muy altas”, decía Robinson antes del auge del Black Power, cuando era señalado por su supuesto colaboracionismo con la intolerancia blanca.
¿Qué síntomas le dan vida al sentimiento racista de los norteamericanos hacia los negros? Los psicólogos estadounidenses Donald Kinder y David Sears, lo explican a través de una visión afectada, la cual se ha masificado. Dicen que es, “una mezcla de afecto antinegro y de defensa de los valores morales tradicionales americanos que están personificados en la ética protestante… una forma de resistencia al cambio en el status quo racial basada en que los negros violan valores tradicionales americanos como el individualismo, la confianza en sí mismo, la ética del trabajo, la obediencia y la disciplina”.
2014
Por último, un cuestionamiento cualitativo consiste en saber si el deporte puede modificar, aunque sea parcialmente, el grado de intolerancia que tiene raíces culturales tan sinuosas. Es verdad que el fútbol parece haber reaccionado ante el racismo porque sanciona con severidad sus consecuencias, pero no hay que desechar que el ataque a las minorías en los estadios afecta directamente el producto que la industria comercializa.
Es la sociedad, no el deporte, la que está sobrepasada de leyes ligeras que condenan al racismo pero no lo impiden. En tanto, en España circula un refrán urbano que es más sabio que la propia historia. “Si tu Dios es judío, tus pizzas italianas y tu automóvil alemán, ¿por qué llamas extranjero a tu vecino?
La delegación reaccionó, fue al diario a confrontar con Palacio Zinno y sólo ocho futbolistas de Brasil aceptaron participar del evento. Lo siguiente consistió en un despropósito menor: los organizadores decidieron que jugadores de la Argentina integren el elenco visitante junto al presidente de la delegación, lo que derivó en una protesta contundente del público, obligando a que, finalmente, jueguen siete futbolistas por equipo.
La segunda advertencia pertenece a Eduardo Galeano, quien en el libro “El fútbol a sol y a sombra” recuerda que Uruguay, su selección, fue pionera en incluir jugadores negros. Sucedió en el primer campeonato Sudamericano (1916, jugado en Buenos Aires), donde Chile pidió la anulación del encuentro perdido frente a los orientales (4 a 0), pues dos futbolistas eran “africanos”, según la protesta oficial, refiriendo a Isabelino Gradín y Juan Delgado, ambos bisnietos de esclavos. El triángulo cierra con una sentencia: a 94 años de 1920, River le deberá abonar u$s30 mil a la CONMEBOL por cantos racistas de su público, ocurridos en Mendoza durante un partido ante Godoy Cruz por Copa Sudamericana.
Los tres hechos coinciden en algo que ruboriza: el fútbol es uno de los espejos más genuinos de la sociedad y, en relación al racismo, esa misma sociedad no ha modificado su intolerancia. Sí hay un giro conceptual, un pronunciamiento a favor de respetar los derechos de las minorías étnicas que, en la superficie, ocurre brevemente. Lo resumió antes de su fallecimiento, el periodista y ensayista español Eduardo Haro Tecglen, en una columna del diario El País, de Madrid: “Hace poco se juraba que la raza blanca era superior a las demás: casi nadie ha cambiado de opinión, pero sí de lenguaje”.
Retroceso
En el Renacimiento, los europeos incentivaron el contacto con pueblos de América, Asia y África por el interés que les generaba la trata de esclavos, luego de que la Biblia, la ciencia y la economía cimentaran la jerarquía de la raza. Es una pequeña reflexión acerca de la historia del racismo, que en el siglo XIX sumó su costado ideológico con el imperialismo y el nacionalismo (en formato de patriotismo étnico), los que se incrustaron en la sociedad por sobre la emancipación de los negros y el nuevo status quo de los judíos.
En tanto, produce cierto resquemor el tratamiento que la educación enciclopedista le otorga a la discriminación racial. Los términos “esclavitud”, “colonialismo” y la frase “limpieza étnica” son asociados a la civilización, creándole un marco institucional a las conductas de hombres blancos que cometieron crímenes históricos. Todo lo que no sea civilización supone ilegalidad, anormalidad, desorden. En definitiva, es este un método eficaz para educar en la subjetividad.
Sociedad
No es el deporte un ámbito de sospechas para la generación del racismo. Apenas es un formidable motor de propulsión para transmitir lo que ocurre. Lo singular es pensar que el deporte debe tomar las medidas que le corresponden a la sociedad para terminar con el racismo cultural. En sentido inverso al fenómeno de la violencia, cualquier disciplina hereda de un ámbito social cruento, una patología como la discriminación.
Los ejemplos son infinitos, pero uno de ellos es también didáctico: en el US Open de 2001, James Blake enfrentó al australiano Lleyton Hewitt, quien se quejó de un juez de línea, negro como Blake, al entender que lo estaba perjudicando mediante una serie de fallos. Increpó al juez de silla y le preguntó indignado, “Mire a uno y otro (línea y jugador), ¿ve algún parecido?”. Hewitt pertenece a un país que desarrolló dos siglos de crueldad contra indígenas, separando a 100 mil niños de sus familias para asimilarlos a la cultura blanca y diezmando a la población original, que sólo alcanza alrededor de 300 mil aborígenes, menos del 2% de la población de Australia. A esos chicos se los conoce como la generación perdida.
Macacos
El racismo que invade los estadios europeos se comporta como una historia circular. Lo demuestra lo sucedido con Dani Alves y el público del Villarreal, el cual le arrojó bananas al lateral para identificarlo como “macaco”. El brasilero reaccionó comiendo una de ellas y generó una repercusión global inusitada pues deportistas, artistas, políticos y gobernantes comunicaron su repudio al racismo asumiendo que “todos somos macacos”, mientras se los observaba ingiriendo una banana.
¿Ha sido esta una campaña eficaz contra la intolerancia? Hay que observar que fue Neymar quien se adelantó en el respaldo a su compañero del Barcelona, al comer una banana junto a su hijo en la imagen precursora del rechazo a lo sucedido. Pues bien, lo que se maquilló como un hecho genuino, fue un plan diseñado por Loducca, la agencia de publicidad que trabaja con la imagen del delantero de Brasil. Entonces, la respuesta se transforma en una referencia anecdótica: la falta de espontaneidad para condenar la agresión debilita la legitimidad y la pertinencia del mensaje.
Eugenia
Por otro lado, ¿es prudente la identificación colectiva mediante el término “macaco” para confrontar conductas racistas? Douglas Belchior, un activista del Movimiento Negro de Brasil, sostiene que “Macaco es la expresión de la exclusión, del insulto y la violencia. Volvernos todos, por fuerza de nuestra bien intencionada reacción al racismo, sujetos de la discriminación es una artificial impostura. Se trata de afirmar que nadie es un mono, que despreciamos el uso de la palabra “macaco” para referirnos a cualquier ser humano. Se trata de afirmar que las bananas se comen y que tirárselas a cualquier persona constituye un insulto que la ley debe castigar con el rigor que la defensa de la dignidad impone”.
El profesor australiano James Bradley escribió en su ensayo “El insulto de mono: pequeña historia de una idea racista”, que “invocar la imagen de un mono es utilizar el poder que llevó a la desapropiación indígena y a otros legados del colonialismo”. “Los plátanos no son armas y tampoco sirven como símbolo de la lucha contra el racismo. Al contrario, lo reafirman”, concluye Melchior.
Brasil tiene una historia relacionada con la discriminación que es sorprendente. Sus gobiernos, luego de la abolición de la esclavitud en las primeras décadas del siglo anterior, carecieron de una política hacia los negros liberados, lo que terminó vertebrando las favelas actuales. En 1862, el diputado Aureliano Tavares Bustos, quien posee una calle que lo recuerda en el corazón de San Pablo, dijo que, “el inmigrante europeo debería ser blanco de nuestras ambiciones, así como el africano el objeto de nuestras antipatías”. Eran los comienzos de la era Eugenia, la cual modeló el intento absurdo de blanquear a Brasil, facilitando la llegada de inmigrantes europeos y devolviendo a los negros a sus países de origen.
De aquí, surge una evocación de apariencia simpática. Al comenzar el fútbol profesional, los blancos componían la mayoría de los planteles brasileros, ante la persecución y el sectarismo que sufrían los negros. Carlos Alberto, el primer mulato que jugó en el Fluminense, para ser aceptado en la sociedad, solía empolvarse la cara con la resina del arroz molido y así camuflar su piel oscura.
Norte
La realidad en los Estados Unidos marca que los negros están representados en el fútbol americano, el béisbol y el básquet. Pero el racismo tiene allí una expresión sofisticada y tácita. El investigador norteamericano Eric Gumby Anderson realizó un trabajo sobre el racismo que está basado en los comienzos del siglo XXI, concluyendo que la discriminación racial debe ser analizada desde las posiciones que ocupan en el campo los negros que juegan en las disciplinas de mayor consumo popular.
El detalle es que tienen un porcentaje ínfimo de los puestos estratégicos en los diferentes juegos. Por ejemplo, se estima que sobre fines de la década pasada, el 9% de los zagueros de la NFL eran negros (el 68% de los jugadores de la liga lo son) y sólo el 1% de los cátchers de la MLB también eran hombres de color.
Asimismo, los negros están ausentes de las funciones directivas del deporte estadounidense. De hecho, todas las minorías promedian el 5% del total de los ejecutivos de la NFL. Hasta 2000, no había negros dueños de los equipos participantes de la competencia y tampoco los hubo en el pasado.
Los jugadores de color pioneros de la NBA, Nat Clifton (primer negro en firmar un contrato), Chuck Cooper (primer drafeado) y Earl Lloyd (primer jugador de color en disputar un partido en la NBA), dieron paso a grandes estrellas (Russell, Baylor, Robertson, Chamberlain, Erving, Drexler, Magic Johnson, Jordan, entre tantos), hasta conformar la actualidad, donde hay minoría blanca en la liga. Aunque esto desprende que el número y la situación de los jugadores negros ha mejorado, el detalle a interpretar es que la gran mayoría los cargos de poder en la NBA (propietarios de franquicias, entrenadores y ayudantes, preparadores físicos y managers) siguen estando en manos de blancos.
En 2007, The New York Times publicó un informe que demostraba cómo los árbitros de la NBA se guiaban por su condición racial a la hora de señalar las faltas. En concreto, los blancos sancionaban más a los jugadores negros y los árbitros de color hacían lo mismo con los basquetbolistas blancos.
Descendiendo en el tiempo, asoma el recuerdo de las persecuciones raciales indiscriminadas y las presiones del Ku Klux Klan a boxeadores negros como Joe Louis o Ray Sugar Robinson, un mediano incomparable que se sentía tratado como un blanco por su capacidad para generar negocios y dinero. “Yo soy un negro al que muchos miran como un blanco porque cobro bolsas muy altas”, decía Robinson antes del auge del Black Power, cuando era señalado por su supuesto colaboracionismo con la intolerancia blanca.
¿Qué síntomas le dan vida al sentimiento racista de los norteamericanos hacia los negros? Los psicólogos estadounidenses Donald Kinder y David Sears, lo explican a través de una visión afectada, la cual se ha masificado. Dicen que es, “una mezcla de afecto antinegro y de defensa de los valores morales tradicionales americanos que están personificados en la ética protestante… una forma de resistencia al cambio en el status quo racial basada en que los negros violan valores tradicionales americanos como el individualismo, la confianza en sí mismo, la ética del trabajo, la obediencia y la disciplina”.
2014
Por último, un cuestionamiento cualitativo consiste en saber si el deporte puede modificar, aunque sea parcialmente, el grado de intolerancia que tiene raíces culturales tan sinuosas. Es verdad que el fútbol parece haber reaccionado ante el racismo porque sanciona con severidad sus consecuencias, pero no hay que desechar que el ataque a las minorías en los estadios afecta directamente el producto que la industria comercializa.
Es la sociedad, no el deporte, la que está sobrepasada de leyes ligeras que condenan al racismo pero no lo impiden. En tanto, en España circula un refrán urbano que es más sabio que la propia historia. “Si tu Dios es judío, tus pizzas italianas y tu automóvil alemán, ¿por qué llamas extranjero a tu vecino?
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