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Alberto Demiddi: El ejemplo

Que a 13 años de su muerte, un deportista excepcional como Alberto Demiddi no ocupe un lugar preponderante en nuestra memoria, califica a la sociedad deportiva argentina. Por Daniel Mancini.
Alberto Demiddi: El ejemplo
Martes 6 de Mayo de 2014
“¿Cómo voy a opinar al aire sobre la posible candidatura de Buenos Aires para organizar los Juegos Olímpicos cuando mi deporte está pasando un momento de crisis terminal? De ninguna manera puede interesar lo que pienso si el remo se encuentra en semejante estado. No cuente conmigo para este tema y, por favor, no vuelva a llamarme”. Ni aquel productor radial entusiasta y luego inmóvil ante la negativa de Demiddi para participar de un programa que cubrió la eliminación de Buenos Aires como ciudad candidata a la organización de los Juegos de 2004 ni el mismo Alberto sospecharon que el episodio guardaría con elocuencia los rasgos y las razones del carácter de un personaje formidable.
Ese atleta, su trayectoria y su implacable concepción lúdica del deporte admitirán un juicio sensato aunque la opinión esté dotada de un cierto grado de audacia: la trascendencia mundial de Alberto Demiddi y sus convicciones permiten concluir que para la sociedad deportiva argentina es impensado encontrar a alguien que equipare su integridad y sus virtudes. Será lógico creer que la deducción es jactanciosa, pero dotar a Demiddi de un valor sin paridad dentro de la historia del deporte nacional tiene, al menos, dos argumentaciones vigorosas, surgidas de su amor por el remo y de su formación profesional e intelectual.

La primera, el deportista

“De vez en cuando cruzábamos alguna mirada, hasta que un día me invitó a acompañarlo a recorrer el viejo estadio de Rosario Central, en lo que no fue una simple recorrida sino un duro entrenamiento, que consistía en subir y bajar los escalones de la tribuna popular conmigo sentado sobre sus hombros”, recuerda Marcelo Foyatier, el timonel rosarino que conoció a Alberto cuando este era empleado del Banco Municipal por la mañana y, en las tardes, recorría los 40 kilómetros en bicicleta por las calles de tierra que lo separaban de su barrio, el Belgrano, con el río para poder entrenar. “Ni aún viendo el sacrificio que hacía, la concentración y la constancia que tenía más la pasión y la garra que llevaba consigo, la gente podía creer lo que Demiddi generaba sobre su single en el río marrón o en el gimnasio. Tuvo un espíritu realmente guerrero y supo como contagiármelo”, finaliza Foyatier, aún emocionado.
El brillo consumado de “La Máquina”, apodo que nació de sus rivales, como representante en el par de remos cortos del club Regatas Rosario y luego de la Argentina, es soberbio. Demiddi fue campeón del Mundo Senior (1970), cuarto en los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, medalla de bronce en México 1968 y medalla de plata en Múnich, en 1972; bicampeón europeo (1969 y 1971), tricampeón panamericano (1967 y dos veces en 1971), ganador de la mítica Regata Henley (1971) y en dos oportunidades, segundo (1964 y 1966); 12 veces campeón sudamericano (1962, 1964, 1965, 1968, 1979 y 1972, entre el single scull y el ocho), en 12 oportunidades consecutivas campeón argentino (1962-1973), doble ganador del premio Olimpia de Oro (1969 y 1971), triple del Olimpia de Plata (1970, 1971 y 1973), de los premios Konex (dos en 1980 y uno en 2000) y, ya como entrenador de Regatas La Marina, participó activamente para que la institución logre ser el club que obtuvo más triunfos en la historia del remo argentino.
La carrera de Alberto tuvo un detalle intrigante pues su trazo antropométrico no era similar al de los singlistas de élite, debido a su altura y al tamaño de sus piernas y de sus brazos. Su caja torácica triangular, en simetría con su rostro anguloso y duro, y la fortaleza de su tren inferior se transformaron en un fenómeno mundial y en la causa que trajo al puerto de Rosario a un grupo de camarógrafos y analistas soviéticos mimetizados con los tripulantes de un barco factoría. La misión del grupo, ordenada por el bureau que dirigía el deporte en la URRS, era secreta y consistió en tomar imágenes y cronometrar los tiempos de Demiddi cuando entrenaba en el Paraná para conocer y evaluar, posteriormente, las razones del fenómeno a vencer en los Juegos Olímpicos de 1972.


Intermedio: el campeón del Mundo

Cuando Alberto ganó el Mundial Senior, el 6 de septiembre de 1970, en St. Catharines, en Canadá, la tarea parecía cumplida. “Era mi gran objetivo”, recordaba. “Me preparé como siempre lo hacía, con un entrenamiento progresivo. En las series anduve bien, pero Malyshev (Yuri, representante de la dominante escuela soviética, gran rival de Demiddi y futuro oro olímpico) hizo un tiempo más veloz. En la final tenía cinco rivales en la cancha y uno adicional: el calor. Hacía como 40 grados. Salí en punta y me asediaron hasta los 1.200 metros. Después gané con cierta holgura (7m16s54/100). Agobiado por el calor, Malyshev entró quinto”.
Restaba ganar el oro olímpico de 1972 para que el remo lo abrazaran como a un mito, ya que en 1971, en el Támesis, “La Máquina” ganó la Regata Henley, calificada como la más tradicional del mundo, batiendo al estadounidense Jim Dietz. Finalmente, Alberto, luego de pedir dos meses de licencia en su empleo para prepararse (trabajaba como supervisor de ventas), no consiguió el oro olímpico y cometió, quizá, el error involuntario más criticable de su carrera, “que fue bastante desgraciada”, como le gustaba advertir: no perdonarse nunca la derrota en Múnich (¿derrota?) y agobiado por eso, evitar dimensionar correctamente al deportista que fue.
“Malyshev picó en punta y me sorprendió”, se atormentaba Demiddi con su relato sobre la regata que se disputó el 2 de septiembre de 1972, fue televisada por Canal 7 y transmitida por José María Muñoz para Radio Rivadavia. “Como no estaba acostumbrado a ver botes delante de mí y menos cerca de la largada, pensé que mi salida había sido lenta y quise alcanzarlo como fuera antes de los 1.000 metros. Pero no podía porque sentí un ahogo. Entonces, aflojé un poco para rearmarme y tratar de pasarlo al final. En el sprint, metí 35 remadas por minuto. Quería reaccionar con cada remada y hasta el último momento estaba seguro de que lo alcanzaba, de que ganaría, pero cuando escuché la chicharra no entendí porque creía que todavía me quedaba tiempo”, contaba el dueño de la plata olímpica tras un tiempo de 7m11s53/100, contra los 7m10s12/100 del ruso.
“Fue un golpe muy duro. Era campeón argentino, sudamericano, panamericano, europeo, mundial. Me quedaba una sola, una sola me quedaba. Cuando el alemán oriental Gueldenpfenning se acercó para saludarme y me dijo, ´tú debiste haber ganado´, me dieron ganas de llorar. Hacía mucho tiempo que no perdía y estaba desacostumbrado a mirar las cosas desde abajo. Fue la peor frustración de mi vida como deportista. Para mí Múnich significó una derrota. Ya no podía pensar en otros Juegos porque Montreal estaba muy lejos (llegaría a 1976 con 32 años). Me molestaba perder y por eso nunca disfruté mucho de los triunfos. Esta sensación fue herencia de papá. Es más fácil perder y preguntarse, ¿qué fue lo que me pasó? Pero esas cosas suelen olvidarse cuando uno gana. Con mis remeros llegamos a un término medio: siempre pretendí que se sintieran conformes con el esfuerzo realizado y pudieran dormir tranquilos”, consideraba Alberto al rememorar una regata que evitó la continuidad dorada que inauguraron el 23 de julio de 1952 Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero, al ganar el doble par sin timonel en los Juegos de Helsinki.

Segundo, lo mejor: el ser humano

La disciplina marcial del entrenamiento del Gringo, otro de sus apodos, partió de su padre. Don Alberto, el entrenador de natación de Newell´s que, tras una disputa menor, se fue a Regatas Rosario y se llevó a su hijo, quien antes de ser remero, fue un destacado nadador en los 400 metros, ubicándose quinto en nuestro país entre los cadetes, en un ranking que lideraba el fenomenal Luis Alberto Nicolao.
Don Alberto había huido de la barbarie fascista y decía que sólo la disciplina y la conducta inalterable formalizaban el camino del deportista amateur. “Papá vino rajando desde Italia, antes de la guerra. Empezó laburando en un balneario, en Mar del Plata. Conoció a mamá (Sara Gabay, rusa) en Buenos Aires. Ella vino a los 3 años, la misma edad que yo tenía cuando Newell´s le ofreció a papá ser entrenador de natación y nos fuimos a Rosario. Me pasaba todo el día en el agua. Empecé jugando al waterpolo, un deporte odiado por mi viejo", confesaba Demiddi al recordar que su padre lo encontró alguna vez fumando y no le permitió más que se acerque a la natación. "Dejé a los 16 años, una tarde que papá me descubrió con un pucho en la mano. Casi me mata. No nos dimos bola durante mucho tiempo. Yo era jodido y mi viejo fajaba sin broma”.
Cuando finalizó sus estudios secundarios, Demiddi se decidió por el remo, luego de una sugerencia de Napoleón Sivieri, presidente de Regatas Rosario y futuro suegro, “comenzando en un ocho”, como le gustaba explicar. Fue cuando llegó a su vida el entrenador que terminó de tallarlo. Mario Robert era aún más inflexible y determinante que su padre y, cuando lo consideraba, el ex policía al que llamaban “Cana”, era hiriente con Alberto, logrando motivarlo también con su mordacidad y con sus gritos.
Los detalles del inicio deportivo de Demiddi son cruciales para entender su pensamiento. Es que allí se formó a un individuo en el marco del amateurismo más puro (natación y remo, don Alberto y Robert), el que después, en su época rutilante, confrontó sus principios con la nueva tendencia que clasificó al deporte por su capacidad de consumo, desechando al romanticismo que lo había dividido entre profesionales y amateurs. La incomodidad de Demiddi fue inmediata porque el remo, a través de las limitaciones de sus dirigentes para comprender lo que sucedía, erosionó su importancia y descartó la actualización de su estructura, omitiendo planificar para disminuir las diferencias técnicas que existían con las potencias occidentales, con las de la órbita soviética y, también, quebrando la posibilidad de acercar el deporte a la masividad que, por ejemplo, hubiera multiplicado la base cuantitativa de remeros novatos.
Alberto fue vehemente en la circunstancia y se enfrentó a los sectores que formalizaron la involución de su disciplina mediante el cuidado de criterios sectarios. “Ustedes se equivocan al suponer que nosotros (por los remeros que compitieron en los Panamericanos de Cali y luego en Europa) representamos a todo el remo argentino. No somos el resultado de su realidad, apenas los frutos del esfuerzo de un club”, le gritó a los periodistas que lo esperaron en Ezeiza, después de la experiencia en Colombia y luego en Dinamarca.
Aquel campeón duro (“tengo un carácter de mierda”, admitía), se manifestaba en un tiempo perplejo: en su apogeo (1962-1972), Demiddi perteneció a un país de tal precariedad social que no pudo, siquiera, mantener la legalidad en la conducción del estado. Entonces, con una sociedad postrada, las disciplinas dentro de un proceso histórico que varió su identidad y el remo atrapado en su inercia circular ¿cómo considerar el diseño de una política deportiva proyectada que contuviera a un atleta como él?
“Tenemos que seguir adelante, luchando hasta triunfar, a pesar de los dirigentes y contra todo”, arengó a los deportistas amateurs tras recibir el Olimpia de Plata en 1970. Fue cuando el contraste se hizo notable: Demiddi, con los valores lúdicos ya en desuso como punta de su espada, luchó contra la imposición de un sistema nuevo (la clasificación de los deportes mediante su consumo), que avaló, en ocasiones, debido a su perfil industrial, un perjuicio que se hizo intolerable para el Gringo: la trampa. Es decir que Alberto se enfurecía tratando de construir una realidad que hacía años había dejado de existir. Aunque parezca arrogante, su custodia granítica de los valores del amateurismo fue su gran triunfo porque lo hizo sobreponerse a un medio doméstico mediocre e indiferente. En definitiva, Demiddi era mejor porque pensaba mejor. “Siempre quise creer que representaba algo y que podía salir del anonimato al que está condenada la mayoría de la gente. Me preocupaba la idea de ser un intrascendente”.

Después

En 1974 se retiró para luego convertirse en un notable entrenador de Regatas La Marina y de la selección nacional. Trabajó con Ricardo Ibarra (triple campeón panamericano, quíntuple campeón argentino, ganador de la Regata Henley y tres veces olímpico) y con Sergio Fernández (16 veces campeón argentino, en 10 oportunidades campeón sudamericano, triple campeón panamericano, campeón del Mundo Senior B y con cuatro participaciones en Juegos Olímpicos) y fue un brillante colaborador periodístico de “Clarín” y de la revista “Goles”, aunque su mayor logro intelectual se originó cuando un pequeño aprendiz de periodista lo visitó en los talleres de La Marina.
Alberto desconfiaba del discurso del joven, quien le pidió que escribiera para la revista “Remo Argentino”, en la cual el chico trabajaba, un curso para entrenadores novicios. “¿Vos sabés la consecuencia que puede tener eso?, le preguntó Alberto, enfrentado en ese 1985 con la AARA (Asociación Argentina de Remeros Aficionados), que editaba la publicación. El niño respondió que si el trabajo no se publicaba, él renunciaría como redactor de la revista. Le ofreció esa garantía, Alberto aceptó y confeccionó un magnífico tratado de 16 páginas, donde confirmó su estilo docente, que hoy tiene un lugar privilegiado en la literatura deportiva nacional.
Es verdad que en los últimos años de vida su carácter se hizo todavía más macizo y que seguía luchando contra el sistema a través de su dinámica combativa, la misma que lo hizo viajar de Rosario a Ezeiza en su viejo Citröen, al que cargó con sus remos, porque no le creía a los dirigentes que le habían prometido facilitarle el traslado para volar, posteriormente, a los Juegos de Múnich. Finalmente, Demiddi, nacido en Buenos Aires pero feliz hijo de Rosario, falleció el 25 de octubre de 2000 a los 56 años, aquejado por un cáncer de estómago. Es el ejemplo más importante de integridad del que ha disfrutado el deporte argentino y esa entereza que compartió Silvia, su esposa, y sus cinco hijos (Alberto, Alejandro, Andrés, Alexis y Álvaro) es la misma que disfruté cuando le pedí que escriba ese curso memorable o la que decidí priorizar al recibir un reto merecido por sugerirle que acompañe en un programa radial el destino de la socarrona aventura olímpica de Buenos Aires.
Si bien se lo premió en 2003 por decisión del poder legislativo, decretando el 11 de abril (fecha de su nacimiento) como el “Día Nacional del Remero”, lo concreto es que, para definirlo, queda el recuerdo del cartel que colgaba de la puerta de su habitación en la villa olímpica de Múnich. La leyenda era escueta y decía, “Cuidado con el perro. No recibo parientes, amigos ni periodistas. Si sabe cómo bajar los 7 minutos en 2.000 metros, bienvenido”.