Viernes 21 de Marzo de 2014
El mercado de la bicicleta ha vivido en los últimos años un fuerte reposicionamiento, especialmente en un público de más de 40 años, con buen poder adquisitivo y que no tuvo necesariamente relacionamiento con la bicicleta en su juventud.
Además, los últimos adelantos tecnológicos y la fiebre por el peso de la bicicleta, han llevado a muchas personas de alto perfil socio económico a mirar a la bicicleta como un objeto de deseo. A tal punto, que en algunos sectores de américa latina, el ciclismo entre altos ejecutivos de multinacionales o jóvenes emprendedores, se ha convertido en algo súper cool y sofisticado.
Con precios de bicicletas que superan holgadamente al precio de un carro mediano y con prestaciones que incluyen cambios electrónicos (Shimano Di2), cuadros de carbono asimétricos, diseños elaborados en túneles de viento y materiales aeroespaciales, el ciclismo se ha puesto de moda en las clases altas.
Durante los fines de semana, las zonas más exclusivas de Buenos Aires como Nordelta o en las húmedas montañas de Medellín, pelotones de “barbies” –como se autodenominan los ejecutivos-ciclistas, se plagan de bicicletas de marcas europeas de valor promedio superior a los USD 10.000.
Además del culto por mostrar lo más caro, lo más liviano y lo último, estos barbies también se han visto tentados por la auto desafiante disciplina de los Gran Fondos, que son eventos ciclísticos multitudinarios para amateurs. Los que van más allá, también utilizan la excusa de la bicicleta para cruzar el charco e irse a Europa a participar de los míticos Grand Fondos que se realizan durante el Giro de Italia, el Tour de Francia, o incluso el Grand Fondo de Manhattan o La Florida en Estados Unidos.
Los beneficios a la salud y al cuerpo que estos altos ejecutivos logran pedaleando en sus costosas máquinas de dos ruedas son muy superiores a los que recibían jugando al golf (su anterior pasatiempo), y no pierden la posibilidad de sociabilizar y seguir haciendo negocios arriba de sus bicis.
Además, los últimos adelantos tecnológicos y la fiebre por el peso de la bicicleta, han llevado a muchas personas de alto perfil socio económico a mirar a la bicicleta como un objeto de deseo. A tal punto, que en algunos sectores de américa latina, el ciclismo entre altos ejecutivos de multinacionales o jóvenes emprendedores, se ha convertido en algo súper cool y sofisticado.
Con precios de bicicletas que superan holgadamente al precio de un carro mediano y con prestaciones que incluyen cambios electrónicos (Shimano Di2), cuadros de carbono asimétricos, diseños elaborados en túneles de viento y materiales aeroespaciales, el ciclismo se ha puesto de moda en las clases altas.
Durante los fines de semana, las zonas más exclusivas de Buenos Aires como Nordelta o en las húmedas montañas de Medellín, pelotones de “barbies” –como se autodenominan los ejecutivos-ciclistas, se plagan de bicicletas de marcas europeas de valor promedio superior a los USD 10.000.
Además del culto por mostrar lo más caro, lo más liviano y lo último, estos barbies también se han visto tentados por la auto desafiante disciplina de los Gran Fondos, que son eventos ciclísticos multitudinarios para amateurs. Los que van más allá, también utilizan la excusa de la bicicleta para cruzar el charco e irse a Europa a participar de los míticos Grand Fondos que se realizan durante el Giro de Italia, el Tour de Francia, o incluso el Grand Fondo de Manhattan o La Florida en Estados Unidos.
Los beneficios a la salud y al cuerpo que estos altos ejecutivos logran pedaleando en sus costosas máquinas de dos ruedas son muy superiores a los que recibían jugando al golf (su anterior pasatiempo), y no pierden la posibilidad de sociabilizar y seguir haciendo negocios arriba de sus bicis.

