Jueves 2 de Octubre de 2014
Nelson Mandela ha sido sin lugar a dudas, una de las personalidades del siglo XX. Ha trascendido por su dedicación a la política y ha despertado gran admiración en el mundo del deporte, utilizándolo de manera innovadora para incluir a las minorías.
En las competencias internacionales, de cualquier disciplina, las naciones “pelean entre sí” y se genera un sentimiento de orgullo nacional y patriotismo. Nelson Mandela, a través del deporte, ganó una batalla pacífica construyendo lazos para dar origen a una nueva nación militando de manera activa en la lucha contra el Apartheid.
Mandela, conocido familiarmente como Madiba, el apelativo de los sabios de su tribu, eligió trabajar por la integración entre negros y blancos y por la pacificación del país antes que dejarse llevar por el revanchismo de sus opresores.
Durante sus veintisiete años de prisión en Roben Island, el líder empezó a aprender cómo funcionaba el rugby, algo que hasta el momento era solo “de los blancos”. En un principio no le interesaba demasiado, pero poco a poco se fue familiarizando hasta hacerse casi un experto. Sin dudas, el rugby fue el tema de conversación que le permitió ganarse a sus captores en la cárcel, y posteriormente lo acercó a las más altas esferas gubernamentales.
Así fue como el rugby, que era un deporte de los blancos y de los ricos, se transformó en la herramienta decisiva que Nelson Mandela utilizó para lograr la reconciliación nacional, tras más de cuarenta años de segregación racial en Sudáfrica.
Tan ligado al Apartheid estaba el rugby, que durante las dos primeras ediciones de la Copa del Mundo, los “Springboks” habían estado sancionados sin poder participar. Mandela vio allí un espacio para la integración y pidió que se terminara la sanción para poder competir internacionalmente. Entonces, por primera vez, los “Springboks” participaron y organizaron el Mundial en 1995, en Sudáfrica, fomentando el perdón y uniendo al pueblo bajo el lema de “Un deporte, un país”.
La selección local terminó consiguiendo el título tras derrotar en Johannesburgo a Nueva Zelanda por 15-12, marcando el comienzo de una nueva era para el deporte y para Sudáfrica, lejos del racismo.
Sin lugar a dudad, un huella difícil de borrar.
En las competencias internacionales, de cualquier disciplina, las naciones “pelean entre sí” y se genera un sentimiento de orgullo nacional y patriotismo. Nelson Mandela, a través del deporte, ganó una batalla pacífica construyendo lazos para dar origen a una nueva nación militando de manera activa en la lucha contra el Apartheid.
Mandela, conocido familiarmente como Madiba, el apelativo de los sabios de su tribu, eligió trabajar por la integración entre negros y blancos y por la pacificación del país antes que dejarse llevar por el revanchismo de sus opresores.
Durante sus veintisiete años de prisión en Roben Island, el líder empezó a aprender cómo funcionaba el rugby, algo que hasta el momento era solo “de los blancos”. En un principio no le interesaba demasiado, pero poco a poco se fue familiarizando hasta hacerse casi un experto. Sin dudas, el rugby fue el tema de conversación que le permitió ganarse a sus captores en la cárcel, y posteriormente lo acercó a las más altas esferas gubernamentales.
Así fue como el rugby, que era un deporte de los blancos y de los ricos, se transformó en la herramienta decisiva que Nelson Mandela utilizó para lograr la reconciliación nacional, tras más de cuarenta años de segregación racial en Sudáfrica.
Tan ligado al Apartheid estaba el rugby, que durante las dos primeras ediciones de la Copa del Mundo, los “Springboks” habían estado sancionados sin poder participar. Mandela vio allí un espacio para la integración y pidió que se terminara la sanción para poder competir internacionalmente. Entonces, por primera vez, los “Springboks” participaron y organizaron el Mundial en 1995, en Sudáfrica, fomentando el perdón y uniendo al pueblo bajo el lema de “Un deporte, un país”.
La selección local terminó consiguiendo el título tras derrotar en Johannesburgo a Nueva Zelanda por 15-12, marcando el comienzo de una nueva era para el deporte y para Sudáfrica, lejos del racismo.
Sin lugar a dudad, un huella difícil de borrar.

