Lunes 18 de Mayo de 2015
La semana pasada la viví de forma intensa, la viví de la manera que realmente disfruto: montado en la moto, acelerando a fondo y representando a mi país: Bolivia.
Una vez más, el Rally de los Faraones se cruzó en mi camino (o quizás yo en el suyo). Durante cinco días, me enfrenté a uno de los desiertos más inhóspitos del mundo, el Sahara. A lo largo de cinco etapas me enfrenté a sus inmensas e interminables dunas. A ellas y los más de 20 pilotos que participaron de la prueba, la cual forma parte del Campeonato Mundial de Motociclismo Cross Country.
El año pasado obtuve el primer lugar del Rally de los Faraones. Fue algo histórico, no sólo para mí sino para el país en general. Por vez primera, un piloto boliviano lograba subir a lo más alto del podio en la categoría principal (450 cc) de una prueba mundial de motos.
Este año volví con la misma consigna, con el objetivo da darle una nueva alegría al país. No fue fácil. Todos los días me tocó abrir la ruta, comenzar primero en un desierto en el que hay que saber cómo encarar cada kilómetro. Un lugar en el que hay que estar atento a cada instante, porque de lo contrario es fácil cometer errores en la navegación.
Fue, sin duda, un esfuerzo sobrehumano, no sólo en lo físico sino también en la sicológico. Por momentos parecía que el podio se me escapaba de las manos. No podía pasar del tercer lugar. La cuarta etapa, sin embargo, decidí que tenía que jugarme al todo o nada. Lo hice y me fue bien. Pasé del tercer lugar al segundo y, lo más importante, le recorté más de 10 minutos a los pilotos que venían delante de mí (a uno incluso lo dejé atrás).
Comencé la última etapa con la ilusión de volver a obtener el primer lugar: para mí, para mi familia, para mi país… para mi gente. Al final quedé segundo, a pocos minutos del primer lugar. Por segunda vez consecutiva Bolivia subió al podio del Rally de los Faraones. Por segunda vez, el nombre de nuestro país retumbó allá en el norte de África y nuestra bandera se lució orgullosa junto a las emblemáticas pirámides de Giza.
En el deporte no siempre se puede ganar debido a que hay muchos elementos que no dependen de uno. Sin embargo, uno sí puede dar todo lo que tiene y dejar todo lo que sabe en la ruta, para tratar de llegar a lo más alto. Sacrificar hasta la última gota de sudor por llegar al objetivo, aunque a veces este sea esquivo. Y ésa ya es una gran victoria.
Una vez más, el Rally de los Faraones se cruzó en mi camino (o quizás yo en el suyo). Durante cinco días, me enfrenté a uno de los desiertos más inhóspitos del mundo, el Sahara. A lo largo de cinco etapas me enfrenté a sus inmensas e interminables dunas. A ellas y los más de 20 pilotos que participaron de la prueba, la cual forma parte del Campeonato Mundial de Motociclismo Cross Country.
El año pasado obtuve el primer lugar del Rally de los Faraones. Fue algo histórico, no sólo para mí sino para el país en general. Por vez primera, un piloto boliviano lograba subir a lo más alto del podio en la categoría principal (450 cc) de una prueba mundial de motos.
Este año volví con la misma consigna, con el objetivo da darle una nueva alegría al país. No fue fácil. Todos los días me tocó abrir la ruta, comenzar primero en un desierto en el que hay que saber cómo encarar cada kilómetro. Un lugar en el que hay que estar atento a cada instante, porque de lo contrario es fácil cometer errores en la navegación.
Fue, sin duda, un esfuerzo sobrehumano, no sólo en lo físico sino también en la sicológico. Por momentos parecía que el podio se me escapaba de las manos. No podía pasar del tercer lugar. La cuarta etapa, sin embargo, decidí que tenía que jugarme al todo o nada. Lo hice y me fue bien. Pasé del tercer lugar al segundo y, lo más importante, le recorté más de 10 minutos a los pilotos que venían delante de mí (a uno incluso lo dejé atrás).
Comencé la última etapa con la ilusión de volver a obtener el primer lugar: para mí, para mi familia, para mi país… para mi gente. Al final quedé segundo, a pocos minutos del primer lugar. Por segunda vez consecutiva Bolivia subió al podio del Rally de los Faraones. Por segunda vez, el nombre de nuestro país retumbó allá en el norte de África y nuestra bandera se lució orgullosa junto a las emblemáticas pirámides de Giza.
En el deporte no siempre se puede ganar debido a que hay muchos elementos que no dependen de uno. Sin embargo, uno sí puede dar todo lo que tiene y dejar todo lo que sabe en la ruta, para tratar de llegar a lo más alto. Sacrificar hasta la última gota de sudor por llegar al objetivo, aunque a veces este sea esquivo. Y ésa ya es una gran victoria.

